Reseña: Warcraft (2016)

Por distintos motivos los videojuegos no han sido un campo fértil para la adaptación. A veces por desprecio del material por parte de los realizadores (teléfono, Uwe Böll), a veces por las dificultades de adaptar historias no lineales y muchas veces repetitivas a un medio que es inherentemente lineal y muy apegado a la dramaturgia clásica. Desde que supe que Duncan Jones (Moon, Source Code) iba a dirigir la adaptación de Warcraft, tuve fe. Al fin y al cabo, era un director joven y talentoso a cargo de una saga que siempre gozó de historias dignas de ser adaptadas a la gran pantalla. Incluso es un género relativamente fácil de adaptar para un tanque hollywoodense lleno de efectos especiales. Con Warcraft, los planetas estaban alineados.

Pero… no. Warcraft es una película que termina fracasando como narración, pese a toda la voluntad que le ponen los realizadores. Con un par de salvedades en los planos técnicos, Warcraft es un fracaso de punta a punta. Y eso es lamentable, porque tenía potencial para ser mucho más.

La historia comienza con Durotan (Toby Kebbel), el jefe de un clan de orcos al servicio de Gul’dan (Daniel Wu), un chamán de la misma especie que abre un portal al mundo de Azeroth. Draenor, el mundo del que los orcos son originarios, está destruído por la magia oscura de Gul’Dan, por lo que los orcos invaden Azeroth para tomar prisioneros que les permitan abrir definitivamente el portal para que más guerreros puedan pasar y así conquistar el nuevo mundo. Sí, es algo rebuscado… pero eso no impide que la trama se complique más aún cuando la historia cambia al punto de vista de los humanos. Al recibir noticias de ataques de criaturas desconocidas, el rey Llane de Stormwind (Dominic Cooper) enlista la ayuda de su mejor caballero, Anduin Lothar (Travis Fimmel) para investigar la nueva amenaza. La película intenta mostrarnos los dos lados del conflicto, pero al hacerlo introduce tantos personajes (“personaje” es una manera de decir, todos y cada uno de ellos son roles en la historia, sin personalidad que los diferencie), conceptos, e ideas fantásticas que es difícil mantener toda esa información en orden. Soy un enamorado del género fantástico, y hace 20 años jugaba a los juegos en los que se basó esta película, y aún así no terminé de entender la mitad de lo que pasa en esta película. Porque, de nuevo, no nos da mayores motivos para empatizar con los personajes.

Lo triste es que hay potencial en esa idea: los orcos son refugiados de un mundo arrasado por un desastre ambiental, y ahí podría haber una historia para contar… pero el guión colapsa bajo la necesidad de introducir conceptos, puntos de vista y subtramas. Duncan Jones, Legendary, Universal… hay un motivo por el cual las GRANDES historias fantásticas como El Señor de los Anillos o Star Wars usan protagonistas accesibles que recién están descubriendo el mundo en el que habitan. Si el mundo es fantástico y complejo, no es una mala idea mantener una forma clásica y un protagonista razonablemente “normal” para darle al público un punto de referencia.

Las actuaciones de los personajes humanos son uniformemente malas. Pero malas, malas. En defensa de los pobres actores, con un guión como el de Warcraft nadie sale bien parado… salvo los orcos, paradójicamente. Creados a través de animación digital por captura de movimiento, los orcos parecen salidos de una película mucho mejor que esta.

La dirección de arte es otro de los puntos fuertes del film. Con diseños grotescos y exagerados perfectamente fieles a los juegos, Warcraft crea una estética propia y efectiva. Los orcos, otra vez, demuestran una GRAN imaginación visual que a veces recuerda al Peter Jackson más desbocado.

Alguien podrá decir que todo lo dicho arriba es irrelevante, porque en última instancia Warcraft quiere ser un tanque pochoclero y el público de esta película sólo quiere ir a ver orcos y humanos reventándose a golpes mútuamente (lo que es falso: más arriba hablé de Star Wars y El Señor de los Anillos, que son tan pochocleras como cualquier otra película y sin embargo son obras maestras del cine). El tema es que en última instancia, tampoco hay tanto de eso. En materia de grandes batallas, sólo hay una al final, y es bastante sosa en comparación a lo que el género nos tiene acostumbrados. La Batalla de los Bastardos de Game of Thrones es infinitamente más emocionante que el choque entre las fuerzas del rey Llane y las de Gul’Dan pese a ser realizada con un presupuesto de TV. Para una obra basada en un juego de estrategia, esto es una tragedia.

Hay películas que de tan malas que son generan odio. Otras dan risa (esas que son “tan malas que son buenas”). Warcraft, en cambio, produce lástima. Es un film con grandes ideas y hermosas intenciones, pero por algún motivo (tal vez un guión escrito con los piés, o en su defecto una edición hecha con una sierra sinfín de carnicero) se queda muy lejos de cumplir con esos deseos. Las buenas intenciones no se filman, dice un viejo refrán del cine, y Warcraft es una cabal demostración de ese axioma. Debido al panorama de la producción de cine contemporánea, Warcraft se encuentra en la extraña posición de ser una película que fracasó en occidente pero tuvo un exitosísimo estreno en China, país que coprodujo el film. ¿Tal vez eso alcance para conseguir una secuela? De ser así, esperemos que corrijan los defectos de esta. Dentro de este bodrio podría estar la semilla de algo mucho mejor.

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