Reseña: Sausage Party (2016)

Sausage Party es la primera incursión de la dupla Rogen-Goldberg (Superbad, This is the End) en el terreno de la animación. La idea en esta oportunidad fue combinar los elementos típicos de este equipo creativo (tono soez, vulgar y de alto contenido sexual) con la estética y la trama propia de las producciones de Pixar.

La mayoría de la historia se desarrolla en el supermercado Shopwell, en donde todos los productos de las góndolas parecen estar vivos e interactúan entre sí. Aún cuando los compradores ignoran esta realidad, éstos cumplen un rol fundamental en la “vida” de los productos: decidir a quiénes elegir para acceder al “más allá”, una suerte de paraíso.

Entre la variedad de productos, conocemos a Frank (Seth Rogen), una salchicha que vive en un paquete junto a otros como él. Su sueño es acceder al paraíso para poder “introducirse” en Brenda (Kristen Wigg), un pan de pancho que vive en otro paquete junto a él. Cuando finalmente los paquetes de ambos son elegidos por una compradora, ocurre un accidente que deja a Frank y Brenda separados del resto y librados a su suerte dentro del supermercado. Aquí la trama toma tintes más interesantes, ya que Frank pone en duda (y con bastante razón) la existencia de ese “más allá” tan divino. Por su parte, Brenda sí es creyente y considera que todas sus desventuras son producto de los impulsos sexuales que tiene hacia Frank.

Frank y Brenda, entonces, se embarcan en una aventura que los llevará a recorrer los confines del supermercado. A la travesía se suman una serie de pintorescos personajes como Sammy Bagel Jr. (Edward Norton), un bagel judío que vive en constante conflicto por el espacio en la gondola con un lavash (un tipo de pan de medio oriente) llamado Kareem Abdul Lavash (David Krumholtz), y Teresa (Salma Hayek), un taco mexicano lesbiana.

Y las referencias y chistes sobre qué hacen o cómo actúan los productos de supermercado según su origen, nombre o características no terminan allí y son, por mucho, lo más gracioso de la película. Hay un chucrut nazi que busca destruir a los jugos (en inglés suena igual que “judío”), o hasta el cameo de un rockstar cuyo nombre (en inglés) es igual al de una comida (no voy a spoilear pero que una vez que aparece es para aplaudir).

Contar más detalles o hacer más referencias a la trama es absurdo. La gracia de una comedia son los chistes y continuar explicando su mecanismo interno y por qué me causaron risa es infructuoso y bastante idiota. Pero si vieron alguna otra película de esta dupla sabrán que nada es lo que parece, que incluso hasta el final siempre habrá giros, marchas y contramarchas del argumento, y que habrá grandes cantidades de alucinógenos, obscenidades y sexo involucrados en el desarrollo de los acontecimientos.

Si bien hay para destacar algunos de los condimentos importantes y trascendentes que sazonan la trama como el ateísmo, el cuestionar la existencia de Dios, las religiones de masas y el lugar del individuo en el mundo, ninguno convierte a este film animado en “único”. Son todos tópicos que ya se han visto en varias producciones animadas. Su condición de “animación para adultos” radica pura y exclusivamente en el tono y no en los temas de la trama. Las películas de, por ejemplo, Pixar no son para niños porque sean animadas. Son para niños porque hacen accesibles temas, en apariencia, muy complejos. Lo mismo las películas de Miyazaki. Su fuerte son los niveles de lectura que sus tramas pueden brindar a la audiencia. Ahí es donde creo que Sausage Party se queda corta: una producción animada destinada a adultos podría contar con muchos más niveles de lectura al aprovechar el amplio registro de sutilezas que puede manejar su público.

Si bien el resultado final es muy positivo, y la trama no es sólo una excusa para exponer el recurso cómico de “productos inanimados hablando vulgarmente”, en lo personal creo que, una vez que entendí cómo está hecha la salchicha, prefiero contar con un plato más suculento y elaborado.

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