Reseña: ¡Salve, César! (2016)

Reseñar una película de los hermanos Coen es complicado. Tienen 30 años de obras que les podrían (me podrían) jugar en contra. Pero la calidad de ¡Salve, César! facilita la tarea y hace que escribir esta nota sea un placer. Es una cinta distinta para los Coen: se trata de una comedia ligera, la más benigna que hayan producido a la fecha. En ningún momento las vidas de los personajes corren peligro real (como en Fargo) y si bien muchas de las escenas rozan la farsa y el ridículo, no llegan a transitar el camino lisérgico de El Gran Lebowski. El amor de los Coen por la historia de Hollywood es claro. Si en Barton Fink el foco estaba puesto en el sufrimiento del artista frente a la incipiente maquinaria de Hollywood y su voraz sistema de estudios, en ¡Salve, César! el eje está puesto en lo banal y absurdo de dicha maquinaria, en donde luchas de egos o romances armados son moneda corriente.

La historia nos sitúa en 1951, donde un narrador fuera de cámara (casi una marca registrada de los Coen a esta altura) nos presenta a Eddie Mannix (Josh Brolin), un empleado del estudio Capitol Pictures. Además de encargarse de forma diaria de la producción de las películas del estudio, Mannix debe lidiar con tareas tales como: el embarazo fuera del matrimonio (el horror en los 50s!) de una de las figuras del estudio (Scarlett Johanson) o mantener a raya a 2 periodistas chimenteras gemelas (ambas interpretadas por la versátil Tilda Swinton). La vida en Capitol es vertiginosa y, como parte de su trabajo, Mannix recorre constantemente los sets de filmación y mira los dailies (material crudo sin editar) de las cintas. Esta es la oportunidad perfecta que tienen los Coen (con la ayuda del monumental Roger Deakins, su habitual director de fotografía) para recrear a la perfección piezas que evocan las clásicas producciones hollywoodenses.

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Mannix siente que su tiempo se acaba. Mira compulsivamente su reloj y se angustia por un presente que no comprende y un futuro que no quiere que se concrete. Referencias a la inevitabilidad del paso del tiempo, la ansiedad por la amenaza comunista y la carrera armamentista con la bomba de hidrógeno se cuelan en la trama, decoran el paisaje narrativo y contrastan deliciosamente con la farsa frívola y monótona que rodea a las estrellas de los estudios Capitol.

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Una empresa de aviación le ofrece un puesto jerárquico a Mannix y éste parece tener, por fin, una salida. Pero su decisión se ve postergada cuando le informan que Baird Whitlock (George Clooney), la estrella de la nueva megaproducción bíblica en la que el estudio ha invertido mucho dinero, ha sido secuestrado. Los responsables, un misterioso grupo de radicales llamado “El Futuro”, piden un rescate para la liberación del actor. Entonces Mannix deberá resolver el caso y salvar al estudio, con la colaboración de Hobie Doyle, un inocente actor de segunda forzado a convertirse en la próxima megaestrella y que es más de lo que aparenta ser un principio.

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La historia no es perfecta, tiene algunos puntos flojos y pierde el eje más de una vez. En algunos casos le da demasiado protagonismo a personajes que, quizás, no aportan a la trama central. Por otro lado, otorga papeles a actores demasiado grosos para esos roles y uno queda en la duda de si ese personaje reaparecerá después. Cuando en una película de los Coen aparece en pantalla, por ejemplo, Frances McDormand uno tiene ciertas expectativas con su personaje! Estimo que la proliferación de personajes secundarios,  también, es la razón por la que el peso del conflicto interno del protagonista no termina de resonar en el espectador con la fuerza necesaria.

Mas allá de esos detalles, los Coen logran salir indemnes y nos entregan su película más accesible al “público masivo” en mucho tiempo. Al construir una comedia fársica, donde se resaltan las banalidades y el absurdo del mundo de la industria cinematográfica, todo proyectado sobre un tapiz de guerra fría y comunismo amenazante, logran amplificar su mensaje sobre el paso del tiempo y el lugar en que un individuo común ocupa en el mundo. Ethan y Joel Coen reafirman su amor por Hollywood y su industria de humo y espejos sabiendo que están donde quieren estar y que piensan quedarse allí por mucho tiempo más. Nosotros, sus espectadores, agradecidos.

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