Prometeo en la Selva

(Nota: Este análisis de El Libro de la Selva asume que el lector vio la película. Si no la viste, y sos de la clase de persona que no quiere saber el final de una remake de una película animada de 1967 que a su vez está basada en un libro publicado originalmente en 1894, te invito a leer mi reseña sin spoilers)

El de Prometeo es uno de los mitos fundantes de la cultura griega clásica. Platón, en su diálogo Protágoras, da una versión que podemos resumir en pocas palabras así: dos dioses olímpicos, Epimeteo y Prometeo, tienen como tarea el distribuir diversos dones, capacidades y habilidades a los distintos seres vivientes. Acuerdan entre ellos que Epimeteo haría el reparto, y Prometeo lo controlaría. Epimeteo reparte todos los dones entre los animales, pero al final descubre que dejó al ser humano sin nada: ni las alas de los pájaros, ni las garras del león, ni el caparazón de la tortuga, ni la fertilidad del ratón, ni ninguna otra característica que pueda servirle para sobrevivir. Al revisar la tarea de su hermano, Prometeo descubre la omisión. Desesperado, no tiene mejor idea que darle a la humanidad las artes de Hefesto, el herrero de los dioses, incluyendo el manejo del fuego, el uso de herramientas y la tecnología. Por su transgresión, Prometeo fue condenado (en la mayoría de las versiones, atado a una piedra, a la que diariamente se acercaba un águila para comerle el hígado), pero la humanidad fue elevada por ser la única especie que compartía aspectos de los dioses.

En la remake de El Libro de la Selva dirigada por Jon Favreau, Mowgli toma el rol de Prometeo en el mito clásico. En distintos momentos lo vemos utilizar sus “trucos” (como los llaman los otros animales) para resolver problemas que le presenta la selva. La primera vez que lo vemos usar sus inventos es para servirsee agua desde la Roca de la Tregua. Akela, el líder de la jauría de Seeonee, lo reta: esa no es la manera de beber de los lobos. Para los lobos, esos “trucos” son algo ajeno e incomprensible. Pero para Mowgli son parte de su esencia, son lo que lo define como humano.

Shere Khan, el tigre, coincide. Lleva en su cara la marca del fuego con el que el padre de Mowgli lo atacó. El fuego, la tecnología aplicada para la violencia, es algo inherente al ser humano, y por eso Mowgli no pertenece en la selva.

Más adelante, vemos a Mowgli recolectando miel engañado por Baloo, el oso. Bajo el control de Baloo, la tecnología es una herramienta de explotación: el oso usa el trabajo de un niño para acaparar miel, un lujo (porque los osos son omnívoros) que no necesita: los osos en la selva no hibernan, contra lo que él le dijo a Mowgli. Pero un par de escenas más tarde, Mowgli rescatará una cría de elefante (especie que ocupa un lugar semidivino en la jerarquía de la selva) usando un aparejo de lianas y poleas muy similar al que usó para recolectar miel. Acá Favreau parece estar comentando su propia película, en la que la tecnología es un factor fundamental: una película ambientada en las selvas de la India del siglo XIX está filmada íntegramente en interiores de Los Angeles frente a pantallas verdes, y logra un efecto absolutamente creíble. El paralelismo es muy fuerte: la misma tecnología que puede usarse para un mero rédito económico puede usarse para llegar a lo sublime, a lo divino.

Pero como Shere Khan preanunció, la tecnología que realmente mueve la trama de esta película es la “flor roja”: el fuego. El fuego es lo que hace que Shere Khan emprenda su cacería de Mowgli. El fuego es lo que hace humano a Mowgli.

Mowgli
Mowgli y el Rey Louie

O por lo menos, eso piensa el Rey Louie. Louie, un Gigantopithecus (una especie de orangután prehistórico gigante) secuestra a Mowgli y le ofrece un trato: protección de Shere Khan a cambio del poder de controlar “la flor roja”. Louie entiende que eso es lo que lo separa de Mowgli: “Quiero ser como tú”, canta el simio gigante. Vive en un gigantesco templo abandonado, evidentemente creado por seres humanos hace siglos. Puede hacer uso de las creaciones humanas, pero no construirlas él mismo. Lo que él hace es una mera imitación. Una monería, digamos.

Pero Mowgli no sabe controlar el fuego, a diferencia del Prometeo mitológico. Lo descubre de la peor manera al enterarse de que su padre adoptivo, el lobo Akela, fue asesinado por Shere Khan. Mowgli corre al pueblo cercano y roba una antorcha. Corre hacia Seeonee con la antorcha en la mano, dejando tras de si un reguero de brasas. Al encontrarse con Shere Khan, este lo confronta: “No es a mi a quien temen” los demás animales, dice el tigre mientras la selva arde, daño colateral del enfrentamiento entre hombre y bestia. Cuando la tecnología se usa de manera destructiva, necesariamente habrá víctimas inocentes, incluído el ambiente.

En la confrontación final, Bagheera la pantera le ordena a Mowgli enfrentar a Shere Khan como un hombre, no como un animal. Mowgli le hace caso, y logra que el tigre lo siga hacia una trampa: la rama del árbol seco en la que está parado se parte y cae a las llamas. Para Mowgli, crear la trampa es lo que lo hace plenamente humano: es un creador, a diferencia de los demás animales. Abrazando su humanidad, Mowgli se realiza y logra vencer a un villano temible, pese a ser físicamente tan desvalido como los hombres del mito de Prometeo y Epimeteo.

La “Flor Roja” causa estragos en la selva, y a la vez termina con la tiranía de Shere Khan. Para la película los dos aspectos son inseparables: la tecnología es una herramienta de explotación, pero también para salvar vidas. Es destructiva, y a la vez salvadora.

Libro de La SelvaJon Favreau es claramente un tipo fascinado por la tecnología. La misma idea de la dualidad de la tecnología como dadora y a la vez destructora de vida está presente en Iron Man (2008), cuando vemos a Tony Stark salvar su vida con un “super marcapasos” hecho de partes de las armas que él mismo fabrica. El propio Stark pasará durante la película de ser un fabricante de armas a usar esa misma tecnología para proteger la humanidad. El Libro de la Selva es una película técnicamente mucho más revolucionaria que Iron Man, y las numerosas meditaciones sobre la naturaleza de la ciencia y el ingenio humanos parecen confirmar el interés del autor por el tema.

Hace años que Favreau tiene como objetivo llevar a la pantalla “Magic Kingdom”, aparentemente algo así como “Una Noche en el Museo” ambientada en un parque temático de Disney. Si El Libro de la Selva nos sirve de guía, ojalá que pueda usar la tecnología diseñada para esta película para darle vida a ese mundo. Es mucho mejor eso que usarla para la pirotecnia visual al mejor estilo Michael Bay o Zack Snyder.

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